Final
21
CAB
AAE
Final
10
HLH
CSBA
Por comenzar
00
AVBA
CALR
Por comenzar
00
CSBLR
CSBA
Final
14
CASM
AJGD
Final
00
BCM
ECM
Final
10
TCSD
DMAM
Final
10
CAAM
BVM
Final
10
CASB
CAS
Final
11
UNRC
AID
Final
21
AABN
CSM
Final
12
CDMR
CAT
Final
01
CSLH
JURC
Final
01
CADA
CRC
Final
30
SPC
ARLI
Final
22
CCA
CACT
Final
03
FFC
SLB
Final
10
CSCH
CRUO
Final
21
RFC
JUCB
Final
30
CFC
CAGH
Una vez más la intolerancia y la irracionalidad le tiró una mancha gratuita al fútbol de la ciudad y desde esas disvaliosas conductas se lanzaron dardos a los trabajadores de prensa, a los que se responsabiliza –siempre- por los resultados que en el campo de juego un equipo no es capaz de alcanzar. Esta vez, el ataque tuvo como centro a los periodistas Claudio Ledo y Marcelo Ortiz, relator y locutor comercial, respectivamente, de las transmisiones de fútbol que habitualmente se realizan por la emisora LV 16 Radio Río Cuarto. Amparados en la oscuridad de la noche y confiados en que sus víctimas no conozcan con exactitud sus identidades, un grupo de entre 5 y 6 “barras bravas” de la falange conocida como “Los Leones del Imperio” volvieron a dejar su marca registrada de violencia. En rigor, es la marca que históricamente caracterizó a este grupo durante décadas, siendo la vergüenza no sólo del club de la Avenida España, sino de la ciudad en general, en diferentes puntos de la región, la provincia o el país. Se trata, en todo caso, de una nueva generación de violentos que no encuentran otro modo de expresarse que no sea con la agresión. Sus ataques parecen no tener límites y tampoco hacen diferencias entre sus objetivos. Así, tienen en la mira a dirigentes, jugadores, técnicos y por supuesto, la prensa. Las banderas que enarbolan –hoy los llaman “trapos”- merecen el total repudio del mundo del deporte –en particular- y de la sociedad –en general-, pues tienen como único fin producir daño por el daño mismo. No es nuevo que desde estos grupos, que lejos de desaparecer definitivamente se reproducen peligrosamente, se responsabilice a los periodistas por los resultados adversos que los equipos a los que ellos dicen “amar”, cosechan. Su pensamiento radicalizado es terminante: el resultado lo pone la prensa y no las circunstancias de 90 minutos de juego o alguna situación azaroza, propia del deporte. Es así que escudándose en una suerte de “anonimato” –que en realidad no es tal, porque seguramente desde algún sector de la dirigencia y hasta de la policía, los conocen, saben quienes son, etc.- se muestran con total impunidad y transitan “libremente” por diferentes espacios del club. Asisten a “observar” entrenamientos y son miembros de lo que podría describirse como “núcleo duro” de la hinchada del club de la Avenida España. Tienen la “libertad” de hacer o de no hacer según su libre albedrío. No trepidan en recurrir desde los cánticos hostiles en la tribuna, pasando por las amenazas –veladas o explícitas- e incluso la agresión física, como fue el caso del viernes por la noche. Es un cáncer que fue ganando espacio en el golpeado cuerpo del fútbol argentino, reproduciéndose –incluso- hacia el interior del país. Su sola presencia genera zozobra, aún cuando nada hagan, despertando temor e inseguridad en los aficionados que van a las canchas con el sólo propósito de disfrutar –apasionadamente, pero hasta ahí- de un encuentro de fútbol. El viernes 8 de abril volvieron a golpear arteramente; por ahora fue en las humanidades de los periodistas agredidos. Este episodio tal vez sea el preludio de los días por venir y no sería descabellado que lo sucedido en los primeros minutos del sábado sea una muestra de lo que estos energúmenos son capaces de hacer si no se les pone rápida y firmemente límite a su modo violento de expresarse. *Periodista de Diario Puntal – Secretario Gremial del CISPREN Río Cuarto