Por comenzar
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CAI
CSBA
Final
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Por comenzar
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Primer tiempo
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Final
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AJGD
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Por comenzar
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Por comenzar
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CRC
UNRC
Por Ángel César Ludueña*
Las últimas apariciones públicas de Diego Armando Maradona -las originadas en el programa “De Zurda”, durante el Mundial 2014 en Brasil- y las que le sucedieron en estos días, me empujaron a reflexionar sobre la percepción que se tiene de la conducta, actos, expresiones, modos, gestos, tics, de quien escribiera como futbolista páginas doradas del deporte mundial, antes de que su vida se desbarrancara -dolorosamente- hasta este presente.
No es el objeto polemizar sobre el pensamiento de Diego sobre todos y cada uno de los temas acerca de los que se le preguntan -y él responde impulsivamente-, porque, en todo caso, son siempre cuestiones opinables.
Es impresionante -al menos así lo siento- verlo expuesto hasta el infinito, desprotegido, en la más absoluta soledad y tener que responder -¿o satisfacer?- lo que la jauría humana -si se me permite esta singular y paradojal licencia- espera de cada respuesta, a los sucesivos dardos “envenenados” que le lanzan sin piedad. Él siempre está ahí, cual trapecista que se lanza al vacío sin una red que lo contenga en caso de fallar en algún momento de tan excitante acto.
El clamoroso pedido que formulo -y se sintetiza en el título que se me ocurrió- está dirigido a todos -absolutamente todos- sus aduladores. Ellos le suministran la “adrenalina” necesaria, cuando no hasta el exceso, para que emerjan todas las laceraciones que la vida -de este extraordinario futbolista que fue- le provocó, padeciendo ulceraciones una y otra vez, en un proceso que parece no tener fin. Dicho en un modo más llano, nunca podrá sanarse. Así, es imposible escapar del infierno que habita.
¿Hace falta que enumere sus aduladores..? Me parece que no y, si por ahí algún distraído queda “desconcertado”, o en off-side, si le cabe el sayo que se lo ponga. Ya no es quien fuera y no sólo porque los años se le fueron sumando inexorablemente. Aquel joven desenfadado, desafiante del poder y con una fortaleza tan extraordinaria dentro como fuera del campo de juego, es un lejano recuerdo. Hoy, es un hombre vulnerable, débil, que no tiene la necesaria fortaleza física, espiritual y mental, para soportar las durísimas respuestas que recibe.
Hoy resulta penoso escuchar -al tiempo que verlo, televisión mediante- un Diego balbuceante, que desnuda enormes dificultades para elaborar en discurso sus ideas. No le es fácil enhebrar una palabra detrás de la otra. Su voluntad lo empuja a expresar cataratas de ideas y pensamientos, pero le resulta cada vez más dificultoso poder elaborarlos con claridad. Y quienes dicen amarlo, venerarlo y hasta idolatrizarlo, lejos de ayudarlo, lo empujan un poco más hacia el abismo.
Ese particular séquito se comporta del único modo que es posible cuando se venera a alguien entronizado -por ese mismo séquito- como un ser superior. No comprenden -y tampoco están dispuestos a hacerlo- que lo único que hacen es construir un ídolo con pies de barro. Su final es, en tal caso, inevitable. Temen contrariar y hasta provocar un fortísimo enojo, si osaran sugerir -ni se les ocurra, aconsejar- que su líder indiscutido, modifique su conducta. Están convencidos que su única función es satisfacer los deseos de la deidad a la que brindan tributo. En algunos casos, incluso, siempre están un paso adelante... Son ‘más papistas que el Papa’.
El mundo “maradoniano” así se nos presenta a los mortales. Su creador y sus súbditos lejos están de desear que se lo someta, siquiera, al análisis de la conveniencia de “aggiornarlo”, adaptarlo -ni se les ocurra pretender modificarlo, por supuesto- a las necesidades del presente. Sus moradores viven encapsulados en el pasado. Están seguros de la inmunidad que -creen- los protege del ataque de cualquier cuerpo extraño. Y convencidos están de que esto también alcanza a Diego. Quizás esta conducta es la que permita explicar el porqué de tan persistente -e inexplicable- tozudez por exponerlo siempre y cada vez que les parece ante situaciones que le resultan -evidentemente- ingobernables.
Conserva, eso sí, la calidad que siempre lo caracterizó con una pelota de fútbol -o cualquier otro objeto esférico, independientemente de tamaño, textura y material- y por ello, sólo por ello, es que quienes debieran ser los primeros en brindarle la contención que pide a gritos -y sin embargo, no escuchan-, creen que esto se extiende hasta el infinito. No advierten lo que otros sí -y no es cuestión de polemizar o discutir cuantos están de un lado y cuantos del otro, ni tampoco es una cuestión de ‘pro’ o ‘anti’- piensan es un daño innecesario, evitable, pero que la ceguera de los que sostienen lo insostenible, no les permite ver.
Ellos dicen expresar un amor incondicional, absoluto, sin límites de ninguna naturaleza. Pues entonces en nombre de ese amor infinito que sólo la especie humana es capaz de declamar es que se impone la necesidad de no lastimarlo más. Preserven los invaluables tesoros que dejó en su carrera -hoy “Patrimonio de la Humanidad”, excediendo a la futbolera- y no lo sigan castigando de este modo. Sus culpas ya fueron pagadas. Por eso me permito pedirles “¡Por favor, protéjanlo, no lo destrocen más..!”.
* Periodista de Diario Puntal