Final
10
GELP
AAE
Final
01
CACB
CSBA
Final
11
AJGD
AABN
Suspendido
00
UNRC
AID
Final
02
DMAM
CASB
Final
10
ECM
CSM
Por comenzar
00
CSBA
CASM
Final
12
BVM
CSBLR
Final
32
CALR
TCSD
Final
31
AVBA
BCM
Suspendido
00
CAS
CAAM
Final
02
CADA
FFC
Final
13
CDMR
JUCB
Final
10
CSCH
ARLI
Final
03
CACT
CDRC
Final
01
CAT
SPC
Final
31
JURC
CAGH
Final
21
CCA
RFC
Final
11
CRC
SLB
Final
12
CRUO
CSLH
Por Ángel César Ludueña *
Miguel estaba ansioso por saber si, finalmente, la mañana de Navidad, podría completar el juego del equipo de fútbol con los botines tan soñados que se parecían tanto a los de los jugadores profesionales, que aparecían en las revistas deportivas de la época que le prestaba un vecino, ex compañero de su padre, en la Fábrica Atanor.
Felipe, no dudaba que la pelota de fútbol número cinco, iba a ser igual –o casi- a la que rodaba cada domingo en la cancha del Atlético o de “9”, cuando acompañado de su papá y algunos de sus amigos, veían jugar a los clubes de sus amores en el torneo local.
Carlitos, tenía un gusto distinto... Era –como sus otros amigos- también futbolero, pero prefería los “autitos”, una réplica de aquellos que animaban las competencias nacionales por las rutas del país y cuyas pruebas llegaban los serenos domingos a la mañana por la vieja y enorme radio ubicada en un rincón del comedor de su casa.
Años de ser hinchas de los clubes más grandes y populares del país; de ellos no eran tan difícil conseguir la camiseta; de los llamados “chicos”, era casi imposible..., ni siquiera estaba garantizado que eso pasara en las grandes casas de deportes de ciudades mucho más grandes que las que ellos habitaban.
Hubo, sin embargo, una feliz excepción: la década del ’60. La gran mayoría de equipos –sin distinguir entre grandes y chicos- utilizaban indumentaria confeccionada como una camisa. Entonces las madres, febril y diligentemente, sacaban a relucir sus habilidades y destrezas como costureras y en las aceitosas máquinas de coser “Singer”, confeccionaban la camisa de River, Independiente –con el detalle del bolsillito blanco a la altura del corazón-, San Lorenzo, Banfield –con la franja como la de River, pero verde-, Ferro y algunos otros más.
Tampoco había tanta variedad de oferta de regalos deportivos, como ahora que llegan al punto de asfixiarnos... Aquellas épocas no eran ni mejores, ni peores que los días que hoy vivimos ya bien entrado en Siglo XXI... Eran distintas, como lo eran –también- respecto a otras anteriores a ellas... Sin embargo, es inevitable rescatarlas y, aunque no se desee, compararlas con estos tiempos modernos.
Todos amasaban sueños que impulsaban a compartir –aún en la variedad- con los demás; ese 25 –y los de cada año, mientras se era niño- la calle se inundaba de prendas y objetos deportivos que eran lazo de unión, de comunión entre los chicos. Todo el mundo disfrutaba de esa nueva pelota para patear hasta vaya a saber que hora, en el campito donde se había construido la canchita del barrio.
Una nueva pista de autitos –construida a pura pala de punta, entre todos- estaba lista... vecina a aquella cancha con los seis postes plantados en dos extremos que marcaban los arcos para jugar al fútbol hasta decretar un ganador: “... el que hace el último gol gana...”, gritaba un pícaro que pretendía terminar de esa manera el partido que llevaba ya, vaya a saber cuantos goles hechos en los dos marcos.
* Periodista de Diario Puntal – Secretario Gremial de Cispren Río Cuarto