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¡Ahora que sí nos ven!

01-06-2020

El sueño de la piba

* Por Agustina González

Cuando me preguntan cómo comenzó mi pasión por el fútbol se me vienen muchas cosas a la cabeza. Siempre pensé que mi infancia fue rara, pero distinta a las de una niña normal. En ese momento lo único que quería era que mi mamá me dé permiso para salir a jugar. Si, salir. No era de las que buscaba jugar adentro juegos de nenas. Nunca tuve una muñeca.

 

En mi pueblo salíamos con mis hermanos y todos los vecinos hacia el mismo lugar a la hora de jugar: "La canchita". Solo era un terreno baldío grande en donde nosotros armábamos dos arcos con ladrillos, ropa y hasta montañitas de tierra. Cualquier cosa con tal de jugar al fútbol. El reglamento dependía de la cantidad de chicos. Si, era la única "nena" del barrio que jugaba al fútbol con los varones, pero no había excepciones, las reglas eran iguales para todos. No me importaba nada, solo quería jugar al fútbol.

 

Imaginen que cuando empecé el colegio primario mi mamá no entendía por qué le vivían reclamando los directivos de que no podía jugar al fútbol con los varones en los recreos, nunca le mencionaron nada coherente, solo que era una mujer y no podía jugar al fútbol porque era un "deporte de hombres". Y por eso, mis compañeras decían que era una "marimacho".  Mi mamá trató de entender la situación, pero realmente no era fácil, nunca había nada razonable y eso hacía que le resultara imposible explicármelo.

Las reuniones se siguieron sucediendo. Siempre por el mismo motivo: yo no podía jugar a la pelota. De pocas pulgas se cansó de tener que ir todos los días al colegio y le dijo a la directora que ella firmaba una autorización para que yo pudiera jugar y el colegio se desligase de cualquier cosa que me pudiera llegar a pasar. Si bien no era una situación fácil para ella, comprendía que de esa forma yo era feliz.

 

Mis compañeras fueron otro problema, porque no entendían que yo no prefería jugar con ellas en los recreos. No me hablaban, no me querían integrar en los grupos en el aula y fueron los varones los que me llamaban para hacer grupos con ellos, esos que sólo dejaban que yo jugara al fútbol y ninguna otra mujer.

 

En esa época mi mama formaba parte de la comisión de fútbol del Club Atlético Talleres de Las Acequias. Mis hermanos y mi papá son fanáticos del fútbol y ellos me pasaron el amor por la redonda. Y por eso, la "nena" de la casa frecuentaba con regularidad el club. Lo conocía de arriba a abajo, y mi sueño era poder jugar en esas canchas, tarea imposible para ese entonces ya que no había mujeres que jueguen fútbol en mi pueblo, pero iba a ver cada partido de mis hermanos. Eran mi admiración. Para mi eran los mejores, no solo por sus habilidades, sino porque ellos podían hacer con normalidad lo que yo pensé que nunca podría hacer.

 

Una vez fui con mi mamá al club y los chicos de mi edad estaban entrenando. Le dije a mi mamá que quería jugar y ella, sin dudarlo y para que deje de preguntarle, llamó al entrenador y le preguntó si podía entrar. Sin vueltas dijo que sí. Al ratito un compañero me pasó la pelota y pude hacer un gol. Se lo dedique a mi mamá. Seguido de eso uno de los chicos (el arquero rival) llamo al “profe” y le dijo que él no pensaba jugar al fútbol con una mujer, así que salía de la cancha. Él no pagaba una cuota para jugar con mujeres. Yo tenía 10 u 11 años, y pensé que me iban a decir que tenía que dejar de jugar, pero ¿saben lo que paso? El “profe” le dijo a mi compañero que se retire del entrenamiento si no me pensaba pedir disculpas. Orgulloso, se fue a su casa. No entendía por qué no quería jugar conmigo, si yo jugaba siempre que podía y con chicos de todas las edades. Cosas que vas entendiendo a medida que vas creciendo, en ese momento yo solo quería patear la pelota sin importarme la palabra "marimacho" que ya, a esa altura, era parte de mí.

 

Nunca tuve un par de botines, ni un fútbol propio. No era necesario para jugar en "la canchita" con mis amigos del barrio -me decía mi mamá- pero cada vez que a mis hermanos les regalaban una pelota, yo se las sacaba por la noche, me la escondía en la cama y dormía abrazada a ella, pensando que era mía, hasta que me descubrían. Y siempre soñaba con que me pudieran comprar mi primer par de botines.

 


“Cada vez que a mis hermanos les regalaban una pelota, yo se las sacaba por la noche, me la escondía en la cama y dormía abrazada a ella”


 

En el secundario muchas cosas habían cambiado y me traté de ir adaptando a los "grandes cambios" que se me presentaron. Incursioné en básquet, hockey, vóley y handball, me gustaban todos los deportes pero nada se comparaba al fútbol. Tenía que adaptarme al hecho de que en educación física solo tenía con las mujeres, por ende, no jugábamos al fútbol.

 

Durante los veranos se hacían campeonatos de fútbol por la noche. En el pueblo era todo un espectáculo, pero lo más lindo es que ya había más chicas que jugaban, aunque el motivo fuera llamar la atención de los varones, yo era feliz porque llegábamos a formar entre dos y tres equipos. También se invitaban a mujeres de la zona. El clásico era con las chicas de Reducción. Eran partidos a todo o nada. Ellas llevaban mucha hinchada. La canchita de fútbol 7 se llenaba de gente. Era el único momento en que antes de entrar a la cancha sentía una cosa en la panza. Me di cuenta que el fútbol generaba tantas cosas en mí que lo único que quería era ganar ese partido. Y en un rinconcito siempre él. Mi hincha número uno, mi DT personal, MI PAPÁ. Él siempre me esperaba en la puerta de la canchita para que no me pase nada, porque era tanta la rivalidad que siempre había problemas post partidos entre mujeres, y mi mamá le advirtió: que no me fuera a pasar nada, porque no me iba a dejar jugar más, pero él me cubría en todo.

Cuando vas creciendo, algunos pensamientos cambian o algunas cosas distintas empezas a hacer. Yo sólo quería jugar fútbol, no me importaba que me siguieran diciendo la "marimacho" del pueblo. Participé en los juegos de jóvenes en Embalse en el año 2000, mi tercer año de secundario. Jugaba con chicas de Alejandro Roca y Río Cuarto. No se imaginan el lío que se armó en casa. Mi mamá no quería que viaje porque perdía un par de días de colegio, en cambio mi papá se peleó con ella para que me dejara ir. Pude hacerlo. Estaba feliz de vivir esa experiencia, pero mi mamá no. Fue ahí a donde supe que siempre que se trate de fútbol tenía que recurrir a mi papá primero y planear las estrategias para que mi mamaá autorizara o al menos no se enoje tanto.

Ese verano, al finalizar un partido, una persona de La Carlota habló con mi papá para que me lleve a esa localidad ya que venía gente de la Selección a probar chicas. Cuando mi papá me contó me puse muy feliz pero la ilusión se cayó cuando llegamos a casa y él hablo con mamá. No me dejó ir y ahí ya había desistido del fútbol, ya casi ni jugábamos durante el año porque los compromisos de estudiar eran mayores. Y así se fue pasando la etapa del fútbol para mí así que me resigné.

 

Vas creciendo y se dejan muchas cosas atrás. El sueño de jugar en la liga y ponerme mis primeros botines se esfumaba año tras año. Ya me había hecho la idea de que ya estaba, que ya era algo que debía dejar atrás, que no era para mí, aunque siempre con una pelota cerca para sacarme el gusto de patear cada tanto.

 

Pasaron varios años y me enteré que mujeres jugaban fútbol en Río Cuarto. No lo podía creer, pero igual seguía viendo lejos la posibilidad de jugar. Mi trabajo era coordinadora de turismo, no estaba nunca, así que no había posibilidad de nada. Ya tenía 30 años, unos cuantos kilos de más que no me iban a permitir jugar... según yo. Ya estaba “grande para ciertas cosas". Hasta que mi papá un domingo se enteró que había un partido de mujeres y me llevó a verlo. Eran las chicas de Fusión contra Mackenna, entre otros equipos. Había empezado parejo ese partido, pero luego las cosas se estaban empezando a dar para el equipo de Mackenna y a medida que transcurría el partido comentábamos jugadas con mi papá, cosa que hacíamos muy a menudo al ver fútbol.

Al año siguiente me decidí a empezar. Tuve mi primer entrenamiento con las chicas de Fusión. Fue todo nuevo, conocer gente desde cero y entrenar, cosa que nunca había tenido la oportunidad. Entrenar fútbol. Ahí comenzó nuevamente la ilusión de poder jugar en la Liga. No lo podía creer, estaba a nada de ser parte de un equipo de fútbol femenino.

 


“Así fue como hoy puedo decirles que estoy cumpliendo “el sueño de la piba", ese que nunca creí que iba a poder ser posible”


 

Y así fue como hoy puedo decirles que estoy cumpliendo “el sueño de la piba", ese que nunca creí que iba a poder ser posible por todos los estereotipos que había que cruzar. Muchas barreras se me presentaron, pero decidí hacerlo por mí, dejando atrás todas las veces que escuché cuando era chiquita la palabra "marimacho". Ahí estoy yo, yendo por ese sueño. Me puse mis primeros botines y volví a sentir una cosa tan grande en la panza, eso que solo me hace sentir el fútbol cada vez que tengo que entrar a una cancha, divirtiéndome junto a mi equipo, dejando muchas cosas de lado por entrenar y por jugar cada domingo como si fuera el último, olvidándome de todo cuando entro a la cancha. Mi mamá entendiendo que soy feliz jugando fútbol y orgullosa de que nunca bajé los brazos. Y mi papá ahí, con un par de canas más pero siempre, como en cada partido, al costado de la cancha, dándome indicaciones y esperándome al lado de la puerta, cuando el árbitro da el pitazo final.

 


“Decidí hacerlo por mí, dejando atrás todas las veces que escuché cuando era chiquita la palabra marimacho"


 

Ojalá pudiera explicar con palabras lo que es el fútbol para mí y para mi vida. Me enseñó tantas cosas. En mi casa veo fútbol 24/7, entreno en la semana, los sábados llevo a mi sobrino a jugar y me quedo a verlo. Si me coincide el horario, me voy a ver jugar a mi hermano también y bueno, el domingo es mi turno.

 


“Coronavirus es lo único que se escucha en las noticias, yo solo busco esa que me diga que pronto volverá a rodar el balón”


 

Si, significa mucho el fútbol para mí que ahora en esta loca época de pandemia que vivimos, todos encerrados en casa, sin fútbol ni siquiera en la TV me hacen pensar mucho en que las oportunidades hay que aprovecharlas y más si nos hacen feliz. Coronavirus es lo único que se escucha en las noticias, yo solo busco esa que me diga que pronto volverá a rodar el balón, que podré volver a ver a mi equipo, entrenar con ellas y seguir sumando aprendizajes juntas. Los entrenamientos solitarios en casa no son lo mismo sin ellas, hay días que sin ganas de nada decís "para que voy a entrenar hoy sola en casa si ya está". Nada está. Hay mucho por delante, mucho por lo que uno lucho para que nos gane esta loca pandemia. Si nos dejamos vencer significa que todo por lo que luchamos desde chiquitas no servirá de mucho. Sigamos demostrando que las mujeres si podemos, que no nos va a hacer caer una pandemia, al contrario, volveremos más fuertes que antes, por nosotras y por todos esos sueños que vienen pidiendo ser reconocidos. Si nos equivocamos que sea por arriesgarnos y no por no intentarlo. "La mejor jugada es la que está por venir..."

 

* Por Agustina González para ¡Ahora que sí nos ven! Río Cuarto