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Opinión - Fútbol Internacional

01-07-2020

Tipos que nunca caminarán solos

Por Osvaldo Wehbe

Sé cuál fue mi acercamiento al Liverpool. Extraña relación de cariño muy a la distancia, sin saber mucho del equipo o del club, de la tabla de posiciones o de cada partido de fin de semana. La asociación inmediata con Los Beatles, claro. Algunas revistas que llegaban a nuestras manos y mostraban a un tal Kevin Keegan como bandera del gol. Listo, en los setenta dije que en Inglaterra era del Liverpool. Tal vez en alguna tenida con amigos, un asado, un tercer tiempo debajo del aguaribay del Colegio Nacional. 

 

 

A veces, entre los debates entre los de Boca y River y algún aporte de los que no pertenecíamos al grupo privilegiado de los dos, que siempre, en cantidad de hinchas, nos superaban ampliamente, elucubrábamos de que cuadro éramos en otros países.

Pero así nomás, al paso, sin sufrir un resultado, sin enterarnos de cómo le había ido ese fin de semana ni contra quién jugaba.

 

En mi caso, acuné algunos equipos geográficamente distantes. Y sentimentalmente también. El Inter en Italia, fue el primero, para llevarle la contra a mi hermano Eduardo, cuando se cruzaron en las finales intercontinentales de mediados de los sesenta con Independiente. Pero nada de ejercer. Por joder, nomás.

 

Del Atlético de Madrid, cuando el “Ratón” Ayala y el “Cacho” Heredia se fueron a orillas del Manzanares junto al “Toto” Lorenzo, llevándose un pedazo de Boedo hacia allá. El Sporting de Lisboa, por Yazalde. Y no mucho más.

 

Ni siquiera en los países limítrofes. Nunca terminé de inclinarme por Nacional o Peñarol y me tira un poco más la U de Chile que el Colo Colo. Sólo Cerro Porteño en Paraguay me envuelve con sus colores y su apelativo: “El Ciclón”.

 

Así fue casi toda la vida. Si hasta la salida de Keegan hacia el Hamburgo motivó que fuera ese, mi club en la Bundesliga, con muy buenos años en esos setenta. Ni hablar ahora.

 

Ni siquiera cuando esos conjuntos con los que simpatizaba jugaban Copa Europa, les daba demasiada o bola. O casi nada. Es que no llegaban los partidos. Aunque los más pibes no lo crean, por estos lados, ver un partido de Europa era “raro”, no milagroso sino extraño, nos daba igual.

 

Los cuadros europeos no deslumbraban y salvo cuando esporádicamente algún argentino se iba a jugar allá, nos familiarizábamos con sus nombres y camiseta. Pero sólo eso.

En el caso del Liverpool, ni siquiera cuando jugó la final Intercontinental contra Independiente, lo seguí como un hincha.

 

De a poco, el fútbol europeo nos llegó a baldazos por televisión y la globalización nos metió a informar de cada fecha de las principales Ligas, mientras los futboleros argentinos sin renegar de sus gustos vernáculos abrazaban a Agüero, a Messi, a Higuaín, cada mediodía en el comedor de sus casas. Eso que apenas a cuentagotas habíamos podido seguir de los tiempos de Diego en Italia, pasó a llenar la grilla de los cables, llegando a ser más barato ver Barcelona-Sevilla que Banfield-Racing, teniendo en cuenta la impúdica manera de venderse el fútbol, en la Argentina.

 

Es, entonces, que aquellas camisetas elegidas al borde de la canchita, después del partido, con el juego de: “¿de quién sos hincha en la loma del queso?”, se incorporaron al día a día en cada pueblo o ciudad. Y se disfruta. ¡Vaya si se lo hace! Sólo el amor arraigado desde niño por los colores de un equipo afista, logran que sigamos viendo la Primera División de nuestro país, en donde se mueve mucho dinero, pero poco, muy poco juego, y todo parece destinado a dos.

 

Las categorías de ascenso y ni habla las ligas, tienen todavía ese color de alegría de los buenos viejos tiempos. Se toma o se deja. Y así los dueños de la torta, han repartido la misma, de manera insolente, diferenciando las divisiones y los territorios.

 

 

Bueno, en ese contexto, mi seducción por el Liverpool se fue acrecentando en las últimas décadas. Su mística copera, su hinchada, su Estadio y eso de no haber ganado nunca la Premier en su formato actual. ¡30 años pasaron! Y a pesar de brillantes triunfos en la Champions y demás, cómo soy amante de las competencias locales mucho más que las internacionales, es que esperaba este hoy, en el que de la mano de Jurgen Klopp, salimos campeones. Sí, “salimos”. Así lo sentí. Y de aquellas casacas de la adolescencia la del Liverpool me puede. Y me encanta que “esos guasos nunca caminarán solos”, como cantan sus hinchas.

 

No digamos que comparo Liverpool con Boedo o el Barrio Santa Rosa, pero en ese trotamundos que todos tenemos adentro late un “Let it be”.

 

¡Qué vamos a hacer! “El corazón es un gitano”.

 

 

Gráfico: Al Toque